"Le dije que estaba satisfecho con su trabajo y que si no se pudo hacer más era fruto de una inexperiencia lógica". Había pasado ya una semana de la caída 4-0 ante Alemania y Julio Grondona me contaba en el café del hotel Michelángelo, de Johannesburgo, su deseo de mantener a Diego Maradona como DT de la Argentina.
Recuerdo haberle preguntado inclusive si Maradona era dócil en la negociación privada, si aceptaba límites, o si, también en esa intimidad, era el mismo personaje aparentenmente inmanejable que muchas veces trasmite de modo público. Se lo pregunté pensando justamente en cómo reaccionaría Maradona ante eventuales nuevos pedidos de la AFA.
Y Grondona respondió que con Diego, más allá de lo que muchos suponen, se podía hablar, que aceptaba límites. En ese diálogo, Grondona, en rigor, había sido coherente. Había elogiado el trabajo de Maradona en todas las charlas previas en ese mismo café del hotel Michelángelo, inclusive en aquellas que eran absolutamente informales.
Decía que, dado su pasado como jugador y su historia con la selección, Maradona era "el único" con autoridad para manejar un plantel con estrellas globalmente cotizadas en 500 millones de dólares. "¿El ingreso de Oscar Ruggeri a la concentración de Pretoria? Nada, si a él le parece que está bien, está bien, no pienso poner ninguna traba. Quiero que trabaje tranquilo".
Así hablaba Grondona. ¿Qué pasó luego para que la AFA anunciara oficialmente ayer la salida de Maradona? ¿Cambiaron el cuadro algunas actitudes de Diego posteriores a la derrota? ¿La falta de autocrítica y la postura desafiante?, nada sorpresivas en realidad para el personaje. ¿Fueron las críticas de dirigentes en Buenos Aires? ¿O fue que Grondona, en realidad, tenía la decisión tomada mucho antes y prefirió esconderla hasta último momento sabiendo la estatura del personaje en cuestión?
Grondona sabe del peso mediático y la influencia política de Maradona, que existe mucho antes que el actual Gobierno. Es más, Grondona resistió durante años operaciones políticas y de prensa y reclamos populares para que Maradona dirigiera antes a la selección. Muchos lo pedían por adoración, otros por puro interés, aún sabiendo que Diego, todavía en plena lucha contra sus adicciones, no estaba en condiciones para asumir el cargo.
Cuando le llegó el turno, la mayor parte del mundo futbolero aceptó que era el momento, inclusive admitiendo temores. "En manos de Dios", decía un titular repetido en más de un diario el día de la designación. No era por veneración. Era puro temor ante la incertidumbre, fruto inevitable de las idas y vueltas de Maradona, sus explosiones e inestabilidades, y su inexperiencia como DT.
El ciclo de eliminatorias fue un parto no sólo por los resultados, sino por los cruces permanentes y las agotadoras peleas por la conformación del cuerpo técnico. Pareció que el Mundial superaba ese mal trago, con un Maradona más aplomado y con su enorme poder de seducción y su contagiosa pasión en escena, que obligó a revisar conceptos inclusive a muchos de sus críticos y a respetadísimas firmas del periodismo europeo.
Ahí estaba también Grondona, elogiándolo en el Michelángelo, aún después del 4-0 de Alemania, que desnudó la fragilidad de la idea de que algunos buenos jugadores podían por sí solos resolver con su talento individual un juego colectivo. "Inexperiencia", recuerdo que me dijo Grondona. Hubo luego frases públicas aún más jugadas: "Es el único que puede hacer lo que quiere". O inclusive aquella de que si se le había renovado el contrato a Marcelo Bielsa tras el fiasco de 2002, por qué no hacerlo con Maradona "tras el quinto puesto" de 2010.
En la larga lista de cuestionamientos que podrían realizársele a Grondona en los 31 años que lleva como presidente de la AFA, el tema DT-selección no está entre los primeros. En rigor, son más los aciertos. César Menotti pareció agotar su ciclo tras España 82. "Me dice que sí, pero me está echando", pensó Menotti cuando Grondona le dijo que seguía, pero con la mitad de su sueldo. Lo echó claro. Y no tuvo pruritos para elegir una línea opuesta, pero exitosa en ese momento, cuando convocó a Carlos Bilardo.
A Bilardo lo defendió y hasta amenazó con su renuncia si el alfonsinismo avanzaba en su intento de echarlo apenas unos meses antes del Mundial de México, cuando la selección ofrecía un juego pobre y sumaba resultados alarmantes. La Argentina logró su primer Mundial fuera de casa y, aún con un juego por momentos de horror, casi repite en Italia 90.
Tampoco se equivocó Grondona con Alfio Basile, bicampeón en Copas América que luego jamás volvieron a ganarse, y también hubo unanimidad después con Daniel Passarella. Mantuvo acertada y sorprendentemente a Bielsa tras la caída en primera rueda del Mundial 2002 y José Pekerman fue un reemplazo también aprobado por todos para Alemania 2006.
Las críticas por la vuelta de Alfio Basile fueron posteriores, porque antes era "el hombre de los mil barrios porteños" que venía de ganar todo con Boca. Eso sí, quedó claro, como apunta el colega Horacio del Prado, que los resultados acortaron los procesos. Menotti y Bilardo, campeones, duraron ocho años, casi el doble que Basile, Passarella y Bielsa. Pekerman y Basile II quedaron en dos años y Maradona ni siquiera duró esa cifra.
Peor aún, se desmanteló por completo la estructura que Pekerman había impuesto en las selecciones juveniles, que sí acapararon títulos y elogios de buen juego y comportamiento. El Grondona de los últimos años también comenzó a fallar en el tema DT-selección. Maradona, siempre ostentoso, luce a la vista de todos sus virtudes y sus defectos. La enfermedad del poder tiene menos prensa, pero produce estragos.
Así como le dio la oportunidad que tanto reclamaba, Grondona no tuvo pruritos para echar ahora a Maradona del peor modo. El abrazo y el mensaje que le dio tras el 4-0 de Alemania dejó acaso a Maradona excesivamente confiado, sin tiempo luego para reaccionar. Acaso fue una lucha entre poderosos, es cierto, porque Maradona hoy es víctima y muchas otras veces fue victimario. Sólo que la memoria popular no guarda el mismo espacio para el dirigente que para el jugador. ¿Qué lugar guardará esa memoria para Bilardo, único sobreviviente de la purga, después de haber compartido cuarenta días con los despedidos?
Se atribuyó excesiva importancia al poder político. Lo cierto es que, a diferencia de muchos presidentes, aquí no hubo siquiera despedida oficial a la selección antes del Mundial. Y, contra lo que muchos aseguraban, la AFA decidió por su cuenta el fin del ciclo. "Por unanimidad", como suele resolver la AFA hasta cuando lo vota a Grondona. No se pretende negar intereses del poder político. Forman parte de la obscenidad natural del poder. El deportivo y el político. Pero tampoco exagerarlos porque sí.
Aunque todas las encuestas eligen hoy a Carlos Bianchi, el hombre más mencionado ahora para el recambio es Alejandro Sabella.
Hace 32 años, apenas concluído el Mundial 78, dos dirigentes de clubes ingleses volaron a Buenos Aires para contratar jugadores del nuevo campeón. Osvaldo Ardiles y Ricardo Villa fueron fichados por Tottenham Hotspur y Alberto Tarantini, por Birmingham. Los clubes ingleses abrían sus fronteras y se hubiesen llevado más jugadores. Pero sus dirigentes tenían miedo de volar al país de "los generales", como le decían a la dictadura militar. Además, se quejaban porque los presidentes de los clubes argentinos exigían demasiado dinero en comisiones que no debían quedar registradas.
A Harry Haslam, de Sheffield United, le ofrecían un talento llamado Diego Maradona. El club consideró arriesgado pagar tanto dinero por un joven que tenía 17 años. Antonio Rattin, que actuó aquí como agente del Sheffield United, llevó a Haslam a ver un Boca-River, con el objetivo de mostrarle a Mario Zanabria. Haslam quedó impresionado con un habilidoso volante zurdo de River de 22 años. Era Sabella. La historia está contada en el libro oficial del Sheffield United, escrito por los sociólogos ingleses Gary Armstrong y John Garrett. El título de esa parte del libro es "The alternative Maradona: Alex Sabella".
Por Ezequiel Fernández Moores
Para La Nación
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